martes, 30 de mayo de 2017

LOBO EN TÁNGER (y II)

El Riad Dar Mesouda, a pocos minutos de la casa de Chaimae, era un oasis en medio del bullicio de la ciudad. Al ser un ático, la enloquecida circulación sonaba amortiguada. A cambio, debíamos subir y bajar una angosta escalera de caracol. Como buen apartahotel, tenía cocina donde preparar un té para acompañar su correspondiente rato de lectura. No obstante, el baño carecía de secador. Las luces del espejo del mismo tampoco funcionaban, de modo que no habría podido afeitarme si hubiera querido. Aún recuerdo los sofás de la terraza cubierta, donde solíamos charlar hasta altas horas de la madrugada. 

Como no había actos programados para aquel viernes, víspera de la boda, se nos ocurrió buscar la playa después de desayunar. El problema es que nos perdimos. Fuimos a parar, no sé muy bien cómo, a una estación de autobuses cochambrosa. Allí los gatos campaban a sus anchas en sabia simbiosis con los viajeros. No quise hacerles fotos, por si eran un animal sagrado. Después de mucho preguntar, alcanzamos nuestro objetivo. Si no hubiera sido por el mar cobalto, habría confundido aquellas dunas interminables con el desierto. Incluso un par de camellos avanzaban por la arena, lentos pero majestuosos. Una hora más tarde, en un centro comercial de la zona, degustamos un plato de cous cous tan exquisito que olvidé el calor horroroso de la jornada.


Por la noche, cenamos en casa de Chaimae. La muchacha llevaba las manos y los pies cubiertos de henna, aparte de un brillo especial en los ojos llamado sueño. También vino Yassir, que se apartó un instante para rezar en la parte en penumbra del salón. Me alegré de que las cuatro compañeras de viaje, alojadas en el piso de la novia, aún no se hubieran despellejado. De regreso al hotel, la empinada escalera de caracol parecía aún más empinada que de costumbre.

El sábado teníamos previsto visitar las Cuevas de Hércules, pues hablan maravillas de ellas. Dejamos transcurrir la mañana entre un zoco y unas galerías situadas en la Rue du Mexique, hipnóticas como una bailarina de la danza del vientre. Allí compré unas babuchas que ni Alí Babá. Para no ser menos, mi mujer había adquirido una chilaba el día anterior con la que estaba preciosa.

Uno de los males endémicos de Tánger es, sin lugar a dudas, la impuntualidad. Solíamos decir para conjurar el mal humor: «Diez minutos más». Nos citaron a las seis de la tarde en el piso de la novia. A eso de las ocho, aún esperábamos que nos llevaran en coche al banquete. 

Era un chalet particular en las afueras. Unos tipos vestidos de pajes tocaban la trompeta cada vez que alguien entraba. Quise seguir a mi mujer escaleras arriba, pero me lo impidieron con amabilidad. Luego me condujeron hasta la habitación donde se iba a celebrar el convite de los hombres. Tres mesas redondas atiborradas de platos, vasos y cubiertos la presidían. Aún no había llegado ningún invitado, de modo que saqué un libro y empecé a leer tranquilamente.


Alrededor de las nueve, el padre de la novia me acompañó. Empezamos a charlar. Había asistido a la presentación de mi primer libro de cuentos. Los invitados fueron presentándose con cuentagotas hasta las doce, según me dijeron porque había partido de fútbol. Entretuvimos la espera picoteando dulces y bebiendo té moruno. Del piso de abajo subía una voz de mujer cantando en árabe una canción interminable.

El banquete empezó a las doce y media. Nadie tenía hambre después de tantos dulces, e incluso el novio —Medhi— devolvió un trozo de ternera de su plato al recipiente de barro. Luego supe que la comida sobrante de la boda no se tira, sino que la familia puede llevársela a casa. La locura se desató en el postre, un helado con forma de casco cubierto de crocanti. Los niños, mudos toda la velada, se dedicaron a pinchar con la cuchara hasta destrozarlo. Me habría unido a ellos con gusto.

El ágape acabó pronto, pero nos invitaron a una fiesta privada en el piso de Chaimae de la que salimos a las cinco de la madrugada. Disculpándose de antemano, le pidieron a Mari Carmen que me reuniera en la cocina con el resto de hombres porque la novia iba a salir sin velo. Allí estuve charlando con Yassir, que me preguntó si no estaba harto de los malditos moros. Yo me sentía un privilegiado por compartir aquello. Decir que armaron escándalo es poco. Los músicos tocaron las trompetas y las mujeres entonaron al unísono el zaghareet, ese grito propio de las tribus del norte de África.

El domingo no ocurrió nada, salvo que me entregué a una bacanal de sueño. Por la tarde, regresé solo a la Plaza 9 de Abril. Deambulé por el mercadillo de la medina, atestado de gente, mientras me quitaba de encima a los vendedores de hachís. Al día siguiente, lamenté no haber pillado. El regreso a la península estuvo plagado de contratiempos que se habrían convertido en pesadilla de no haber sido por las compañeras de viaje. Perdimos el ferry por unos minutos y, en consecuencia, el autobús de Algeciras. Una empleada de Alsa con acento andaluz nos reubicó en el autocar de las once de la noche. Me entraron ganas de besarla.

Hasta aquí la narración de los hechos. Sólo me resta desearles a Chaimae y Medhi una larga vida juntos. Si han sobrevivido a una boda de cinco días, estoy convencido de que superarán cualquier cosa.


miércoles, 17 de mayo de 2017

LOBO EN TÁNGER (I)


Moría la tarde en la estación de autobuses de Algeciras. Parapetados tras una isla de maletas y bolsos de viaje, cada cual hablaba por el móvil con sus seres queridos. Después de muchos contratiempos, regresábamos a casa en el autobús de las once de la noche.

Formábamos un grupo de lo más variopinto: las jóvenes Patricia y Naidu tenían una vitalidad contagiosa; las veteranas Cristina y Mari iban siempre a la greña; mi mujer y yo echábamos de menos a los críos. Acabábamos de asistir a la boda de una amiga común en Tánger.


Chaimae, antigua alumna de la academia, le dijo un día a mi mujer que se casaba en su país. Ella respondió que iría si la invitaba. Aquí empezó a gestarse un viaje con aroma a cúrcuma y a té moruno. No era la primera vez que cruzábamos el Estrecho de Gibraltar, rumbo a Marruecos.

El 11 de abril salimos de la estación de Alicante más contentos que unas pascuas. Viajamos toda la noche hasta Algeciras. Allí tomamos el ferry que nos llevaría a Tánger. Dicen que Bunbury escribió la letra de «El extranjero» a bordo de uno de esos barcos que unen España con Marruecos. Al principio de la canción, suenan unas gaviotas idénticas a las que contemplé en el puerto de Algeciras.

El sol de Tánger y la vigilia generaron en mi cabeza una bruma espesa como el humus. Supongo que al resto le ocurría lo mismo. Habíamos quedado con Chaimae en el puerto, pero se retrasaba. Al poco, un coche frenó a nuestro lado. Y luego otro detrás. Eran los hermanos de la novia. Aquello parecía un rescate de película.

Recuerdo que, después de presentarse, Yassir Belkaid preguntó por el viaje. Mari Carmen y yo soltamos un «uf» tan triste que fue acompañado de una alegre carcajada por su parte. Durante el trayecto en coche, me bebía las calles con los ojos. Mientras charlábamos, propuso descansar antes de ir al hotel. No me arrepentí, aunque lo que deseaba era una buena ducha. Fuimos al Hafa Café, un conjunto de terrazas en una colina frente al mar.

No es cualquier sitio. Si hacemos caso a la canción homónima de Luis Eduardo Aute, en una de esas terrazas Mike Jagger le robó la novia al cantautor bajo los efectos del hachís. Nosotros nos limitamos a beber té moruno, quizá el mejor que he probado nunca. Más tarde, Yassir comentó que cuando quisiéramos nos llevaría al hotel. «Ya», contestamos. Miró el reloj significativamente y dijo: «Diez minutos más».

A la mañana siguiente, Jueves Santo en España, establecimos algunas rutinas necesarias para los cinco días de estancia en Tánger. La primera fue desayunar en el Café Le Normandie, a pocos minutos del hotel. Solíamos pedir dos menús que incluían café con leche, varios panes tostados con tomate natural y aceite, bollería variada, mermelada, miel, dos botellas de agua, dos yogures, y en ocasiones un platito de olivas. Todo a un precio irrisorio.

El reto de la jornada era encontrar un teléfono público. Las compañías se aprovechan cuando llamas desde otro país, así que llevábamos los móviles de adorno. Subimos por la Rue Angleterre hasta alcanzar una gasolinera situada en una encrucijada de avenidas. Bajo los soportales de un piso, había cambiado euros por dírhams la tarde anterior. Mientras mi mujer hacía lo propio con su dinero, yo di con ese teléfono. Compramos una tarjeta de prepago por dos o tres euros. Veinte o treinta minutos para decir a la familia que estábamos de puta madre.

La mayoría de las tardes, mi mujer desaparecía para asistir a actos relacionados con la boda. Por ejemplo, la fiesta de la henna. Aunque no lo creas, allí las bodas duran varios días y, por extraño que parezca, los hombres están separados de las mujeres en muchos momentos. Eso me permitía pasear a placer por las calles de Tánger, mezclarme con la gente como uno más. Observar y ser observado. En una de aquellas excursiones, descubrí la Plaza 9 de Abril (también llamada Gran Zoco). Sentados alrededor de la fuente pública de esta plaza o tumbados en los jardines de la Mendoubia, los tangerinos se entregan a una de sus aficiones preferidas: no hacer absolutamente nada, dejar pasar el tiempo. Algo que sacaría de quicio al más templado de los hombres. Anduve un rato curioseando la programación del Cinema Rif, pero pronto crucé la puerta que daba paso a la medina (el barrio antiguo).


miércoles, 10 de mayo de 2017

LA CITA

         
     No sabe qué demonios hace allí si nunca ha aguantado los sermones ni las campanas. Nuria González lleva años sin pisar una. Aún recuerda cuando encaró a su padre y le dijo que ya era una mujer para tomar sus propias decisiones. El hombre le contestó que, mientras viviera en su casa, iría todos los domingos a misa. Ahora, mientras deambula entre los soportales, le parece que fue ayer. El sol otoñea. 
     Abre el pesado portón y accede al vestíbulo, donde un pobre le tiende la mano como si se le hubiese quedado inútil para otra cosa. Nuria registra el bolso, pero sólo tiene un billete de cien con el que piensa pagarse una opípara cena en un buen restaurante. Necesita darse ánimos antes de la cita con su ginecólogo.
     Cruza la nave principal mientras opina, soñadora, que el repiqueteo de sus tacones despertará a los aristócratas y obispos enterrados bajo el suelo de mármol. Luego, un poco mareada, toma asiento en un banco y se pregunta por enésima vez a qué ha venido. Debería habérselo contado a su amiga Julia, una mujer que no le teme a nada porque trabaja de especialista en el cine. También podría haberle dicho a su marido que hoy no saliera a faenar, que la rodeara con sus brazos velludos. Ojalá tuviera cuerpo para dejarse empalar por el cubano que la tiene loquita desde hace seis meses.
     El silencio del lugar la reconforta con su nada balsámica. La penumbra exuda una paz misteriosa, casi mística. Un cura mira su móvil en el confesionario, buscando quizá sentido a la vida.
     Consulta su reloj: faltan todavía tres cuartos de hora para que le resuelvan el inconveniente. La clínica está a tiro de piedra de la iglesia. Se levanta y enciende una vela a la Virgen de la Soledad. Entretanto, se acaricia la barriga.


Cuento escrito al calor del taller de escritura de la biblioteca Carolinas de Alicante.

miércoles, 3 de mayo de 2017

REFERÉNDUM













—¿Y esto? —preguntó el votante al presidente de mesa.

En la papeleta, se formulaba la siguiente pregunta: «¿Desea usted la jornada única en el colegio?». Por sorprendente que parezca, había una inquietante segunda pregunta que rezaba así: «¿Desea usted que Cataluña sea independiente de España?».

—Lo siento —se disculpó el presidente visiblemente acalorado—, ha sido cosa de mi chiquillo. No me lo podía dejar con nadie. Ya decía yo que estaba muy callado escribiendo.


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