domingo, 15 de enero de 2017

HASTA SIEMPRE























Una biblioteca es una familia tan extraña y disfuncional como cualquier otra, sobre todo si está situada en un pequeño barrio como Carolinas. Allí me ha llevado el vicio de leer durante más años que los que escribo. En tanto tiempo, como no soy una ameba, he entablado amistad con las sacerdotisas de ese templo pagano y con algún que otro sacerdote.

No me arrepiento, aunque ahora duela. Una de esas amigas se ha ido a poco de iniciarse el año, cuando aún brindábamos con champán por una nueva oportunidad de ser felices.

Era la nueva. Venía a sustituir a unos bibliotecarios estupendos con los que incluso tomaba café de vez en cuando. Los trasladaban como si fuesen curas. Estaba un poco nervioso, la verdad. María Luisa y yo encajamos bastante bien desde el primer momento. Con el paso de los meses, hasta llegué a olvidar a los anteriores. Entonces no había whatsapp.

Me prestó varios libros personales, pero ninguno como El libro del cementerio de Neil Gaiman. Cuenta la historia de un niño cuyos padres mueren a manos de un despiadado asesino. El crío huye al cementerio, donde recibe la protección de los difuntos. Después de esta novela al más puro estilo romántico, buceé en otras obras del autor. Hoy en día es uno de mis escritores favoritos.

Me presentó a Esther Planelles en una reunión de escritores noveles si no me falla demasiado la memoria. Creo que estaba orgullosa de conocer a tantos juntaletras, entre cuentistas y poetas. Nadie podía imaginar por aquel entonces que ese par de chalados acabarían escribiendo un libro juntos. María Luisa leyó el primer borrador de Pelusillas en el ombligo y, aún no me explico cómo, sobrevivió.

Elena y Bienvenido volvieron, una para quedarse y el otro de visita. La nueva empezó a faltar cada vez con más frecuencia. Elena daba noticias con una lealtad más propia de una amiga que de una compañera de trabajo.

Entre la luz y la sombra del vasto océano, salió a la superficie para coger aire en varias ocasiones. Entonces creímos que había regresado, pero se estaba zambullendo entre las corrientes bailarinas.

Santa Claus no se la devolvió a Angelita, un personaje de cierto cuento navideño que no tenía a nadie más. Sin embargo, le hizo un regalo: la suerte de haberla desconocido. Hasta siempre, amiga.

domingo, 8 de enero de 2017

miércoles, 21 de diciembre de 2016

DESIDERATA


      a María Luisa
     
     Querido Santa Claus:

     Me llamo Angelita García. Tengo 69 años, soy de Alicante y estoy viuda desde hace una década.
     Verá, yo no creía en usted hasta que empezaron con todo eso del Halloween. Antes, cuando era niña, yo soñaba con los Reyes Magos. Luego me enteré de que detrás del asunto estaban los padres y me pillé un cabreo de muy señor mío. Recuerdo que estuve sin hablarles una semana, como se lo cuento. De joven, mis ilusiones estaban puestas en mi marido. Se llamaba Ventura, pero no tuvo suerte. Se lo llevó una enfermedad tan larga que cuando falleció me alegré, mire lo que le digo. Y después del funeral fui al bingo a gastarme los cuartos en las máquinas tragaperras, pero ni siquiera estas me devolvieron otra cosa que calderilla. Al menos, disfruté de lo escandalizadas que estaban las comadres del barrio, cuyos maridos se quedan sordos por no oírlas. A día de hoy, creo en el presente. Y como la juventud bebe los vientos por lo americano, se me ha ocurrido que podría escribirle a usted.
     No quiero pedirle nada para mí. Tengo una aceptable pensión, una salud repleta de achaques y un nieto que, de uvas a peras, viene a regalarme un maravilloso dolor de cabeza.
     Yo sé que usted no hace milagros, sino más bien lleva la ilusión a los más pequeños. Reconozca que los adultos somos niños que esperan algo en el fondo de unos trajes demasiado grandes, quizá recuperar la inocencia sin perder esa sana picardía.
     Pues bien, no me tome por loca si le pido que mi bibliotecaria vuelva pronto. No sé qué libro elegir si ella no me recomienda alguno, no tengo con quién hablar de lo pedante que resulta tal autor, no duermo pensando en el tipo agrio que han traído de repuesto. Unos dicen que le ha tocado la lotería y tiene barra libre en Cancún. Otros aseguran que, dado el precio de la vivienda, se ha instalado en una cueva en la Serra Grossa.
     Yo sé que tomará en consideración mi desiderata, estimado Santa Claus. Feliz Navidad.

jueves, 15 de diciembre de 2016

ANIVERSARIO






















Se cumple estos días exactamente un año de la publicación de Pelusillas en el ombligo (Lastura, 2015). Cuando miras un libro propio con la perspectiva del tiempo, te asalta la duda de si mereció la pena. Es evidente que se podrían haber escrito mejores historias, pero la perfección se me antoja imposible a la par que aburridísima.
            
Siempre recordaré la cara de incredulidad de mis padres cuando les hablaba del libro. «No pueden haber cuentos tan cortos —se negaba a creer mi madre como santo Tomás—, déjame ver.»
            
Tal vez fue demasiado pretencioso aprovechar los microrrelatos de cierto concurso, sobre todo porque la mayoría no superaron la dura criba del juez. Sin embargo, queríamos dar una nueva oportunidad a algunos que nos parecieron injustamente menospreciados. Curiosamente, los más populares entre el público. Baste uno como ejemplo: «Soy la caña, dijo en la primera reunión de Alcohólicos Anónimos.»

¿Genialidad? ¿Disparate? Nunca lo sabremos. Si Podemos ha conseguido abrir una brecha en la política española, quizá no sea tan descabellado rebelarse contra los cánones establecidos, intentar por una vez algo que no suene a lo de siempre.


jueves, 8 de diciembre de 2016

EL GORDO




Suelen quedar los viernes a la salida de la fábrica. «¡Qué ganas de que me toque el Gordo!», dice Lidia mientras toma una cerveza acodada en la barra. Belén, apurando el café, se encoge de hombros. Marta pide un nuevo cubata y, mirando con picardía a las dos, replica: «Qué asco, por Dios, a mí que me toque uno delgado».


miércoles, 30 de noviembre de 2016

IGUALDAD


















Al pasar por la puerta de Mercadona, mi hija pide ir un momento al servicio. Espero en la calle. Sale con cara de alivio. Dice: «No entiendo por qué hay un baño para chicas y otro para chicos». Llueve en Alicante, algo tan raro que merece un titular en el periódico. Contesto que a mí también me parece una chorrada.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

NUEVA NOVA


Si pienso en mi geografía vital, llego a la conclusión de que he viajado poco y soñado mucho. La calle de mi infancia, Ricardo Oliver Fo (a punto de perder el nombre por el tema de la Memoria Histórica), pronto fue sustituida por la de mi adolescencia, tan solo a un par de manzanas: Plus Ultra. Para quien no lo sepa, la palabra proviene del latín y significa «más allá». Dio nombre al hidroavión que realizó por primera vez un vuelo entre España y América en el año 1926. También es el lema del escudo de España. En la época convulsa de la Universidad, mis padres decidieron cambiar a la calle Monforte del Cid, no sé si porque sospechaban mis veleidades literarias o, más bien, porque mi madre quería vivir frente a una iglesia. Aquí he echado raíces: unas veces volaría el campario con dinamita, otras agradezco que me despierte para llevar a los chavales al colegio.



Hace poco, sin embargo, se ha producido una novedad en este nomadismo —léase con ironía— que ha sido mi vida. He regresado a la calle de mi adolescencia. No al mismo número, sería demasiada potra. Nací en el año 74 y, por uno de esos caprichos del azar, he trasladado mi academia al número 47 de la calle Plus Ultra.



La academia ha estado durante la friolera de diecisiete años en el tercer piso de la calle Monforte del Cid. Yo vivo entre el segundo y el tercero. No puedo negar que ha sido muy cómodo subir a trabajar. No había posibilidad de llegar tarde. Ahora bien, reconozco que necesitaba separar espacios. Por las noches, cuando todos los chavales se habían largado, la academia se convertía en el refugio del escritor. En medio de esa soledad buscada, de repente me asaltaba la angustia de que una historia con tal o cual alumno se hubiera quedado pendiente. Lo peor de todo era la certeza de que jamás resolvería el nudo con un buen desenlace. Ese enano de mi memoria se habría convertido en un hombre o una mujer. Y me podría pegar una hostia o dar un beso, quién sabe.






La nueva Academia Nova es un sueño hecho realidad. Mi mejor cuento sin duda. Sencilla, práctica y coqueta. Aún quedan detalles pendientes de resolver, por supuesto, pero a la gente le encanta. Hasta mi perra, Candy, ha encontrado un hueco para ella en su corazón. Tiene forma de patio. Allí roe las horas en compañía de un hueso imaginario. Espera que mi mujer y yo terminemos de dar clase.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

UNA IDEA ORIGINAL



     No había tenido una sola idea original en toda su vida.
     De crío pensó que no le pasaría nada si metía los dedos en el enchufe. De mayor pensó que no le pasaría nada si tocaba las tetas de Ana. De anciano pensó que no le pasaría nada si se quitaba aquellos goteros y se marchaba tan campante de aquel hospital.
     Pero sí pasó. De crío recibió una sonora bofetada de su pobre madre. De mayor recibió una sonora bofetada de su novia. De anciano recibió una sonora bofetada de su hijo. En aquellos momentos decisivos, supo que les importaba, pero, al mismo tiempo, hubiera deseado algo más sutil y menos doloroso.
     No había tenido una sola idea original en toda su vida hasta que tuvo una. Pensó que no quería morirse en aquel manicomio sin haber probado todas aquellas cosas de nuevo.
     Al primer descuido, se tragó todas las pastillas de aspirina de su mesita de noche blanca. Todos pensaron que tenía tendencias suicidas, pero nadie tuvo la idea original de considerarle una especie de iluminado. Alguien que viaja a través del tiempo al corazón de su más tierna infancia sin necesidad de peyote con el objetivo de rendirle un digno homenaje.
     Al segundo descuido, alquiló una puta. La pillaron saliendo de su dormitorio. Nadie de la familia se explica muy bien cómo la pagó porque no tenía monedero ni tarjetas de crédito. A ninguno se le ocurrió pensar que la muchacha no era una pelandrusca, sino una alumna de la facultad que compartía piso con otras dos... chicas, se financiaba sus estudios y, de cuando en cuando, aceptaba ese tipo de trabajitos. Por eso no tuvo reparos en cobrar por sus servicios un diente de oro de su difunta esposa. El viejo pensó que era el mejor homenaje que le podía hacer. Ella tenía el raro don de ser la más beata en la iglesia y la mayor puta en la cama. Solía decir que la mujer devota no tenía por qué ser una castrada.
     Al tercer descuido, secuestró a la enfermera tailandesa que le tomaba la temperatura rectal. Como en las películas pidió un vehículo para huir del edificio con la rehén, pero a diferencia de las películas consiguió, por mediación de su familia, que le dejaran marchar.
     Podría haber ido a cualquier parte, pero no hubiera llegado muy lejos. La enfermera tailandesa le miraba con una mezcla de compasión infinita y sagrado temor por las limitaciones de su improvisada mordaza. Igual que la puta. Pero ambas sabían que no les haría nada.
     Soltó a la chica y se fue directo a casa.
     Después de tanta exhibición, a su familia no le costó comprender que un hombre sano no puede acabar sus días en un hospital. Y menos en un asilo.
     Nunca más tuvo una idea original.
     Durante meses se mantuvo al margen. Pensó que le pasaría algo terrible si cogía a su nieta en brazos. Se equivocó de nuevo. La niña se abalanzó sobre él y le dio un sonoro beso.


Atlantis, 2009

miércoles, 9 de noviembre de 2016

TRUMP

















En sus primeras palabras ante miles de simpatizantes estuvo a punto de decir «ha sido trampa, una vil y sucia maniobra del partido demócrata para alejarme del poder, voy a denunciar el fraude electoral», pero en el último segundo vio por el rabillo del ojo el abrigo de su esposa, valorado en más de doce mil dólares, y reaccionó diciéndose: «What the fuck, I’ve won!». Entonces se permitió el lujo de ser conciliador en su discurso. Ya tendría tiempo de aplastar a esas cucarachas de inmigrantes y mujeres.

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