lunes, 10 de abril de 2017

LEED MALDITOS






















Fiel a su nombre, esta peluquería alicantina tiene, además de revistas, algunos libros para amenizar la espera de sus clientes. ¿Será que tardan lo que no está en los escritos? El Mirador se toma un descanso por Semana Santa. 
Hasta la vista, mirones.


miércoles, 29 de marzo de 2017

EL SEÑOR (12)






















Resulta alarmante la rapidez con la que el dinero vuela, pero más alarmante es lo poco que hemos tardado Nuria y yo en abandonar la discreción.

El banco está enfrente de nuestro piso de alquiler. El casero ya nos ha advertido de que le debemos dos meses.

—Si se lo pidieras a tu marido, Tina, yo creo… —comenta Nuria mientras bajamos en ascensor.

—Bastantes problemas tiene Pedro como para que, encima, le saque los cuartos. De esta salimos tú y yo solas.

La puerta del ascensor se abre, pero Nuria ya no está conmigo. Salgo a la calle, cruzo la avenida, me detengo ante la puerta del banco. Un camionero lanza un silbido agudo y, a los cinco segundos, un piropo obsceno hacia mi persona. Me ajusto un poco la minifalda.

El banco dispone de tres cajas donde la gente puede efectuar sus operaciones, pero en ese momento sólo hay una operativa con la consiguiente cola. El resto del personal debe de estar almorzando. Ojalá Nuria tenga paciencia, pues ya llevo cuarenta minutos esperando a ser atendida.

—Por favor, pasen por aquí —dice un tipo calvo que acaba de abrir la caja número dos.

Como una flecha, me planto frente al tipo calvo y pido una barbaridad de dinero con una cartilla falsa. El estúpido dice: «Me temo que, al pertenecer a otra entidad, tiene que ir a la caja de no clientes».

Nuria entra en juego, pues al tipo le cambia la cara. Puede que incluso se esté meando en los pantalones cuando afirma con un hilo de voz: «Claro, no faltaría más». Y mira asustado a todas partes.

Yo también me vuelvo invisible destrozando el bolígrafo con cadenita que me tiende para firmar el documento. Las dos salimos con una sonrisa de clientas satisfechas.

miércoles, 22 de marzo de 2017

EL HOMBRE TINTERO




     
     Nacido de una madre goma de borrar y de un padre lápiz, el hombre tintero siempre fue la oveja negra de la familia. No poseía ese don de hacer borrón y cuenta que le maravillaba de su madre, incluso cuando de pequeño tintó a la gata de rubio platino. También carecía de esa cualidad etérea de su padre, que se volatilizaba en cuanto olía tempestad.         
     Resolvía los asuntos a su manera, pues el hombre tintero se dedicaba al mundo de los negocios. Los negocios eran turbios, por supuesto, pero no dejaban mancha en su historial. Si alguien se iba de la lengua, él soltaba a sus perros de presa.
     En resumidas cuentas, la tinta le sonreía.
     Sólo le faltaba una cosa para lograr la felicidad absoluta. Deseaba encontrar a alguien especial con quien compartir su tinta. El problema es que todas las mujeres que conocía le instaban a hablar por Facebook, por whatsapp o por correo electrónico. A una joven gótica convenció para escribirse por carta. Fue recibir la misiva y el hombre se echó a llorar: escribía cariño con «k», despreciaba acentos, se comía vocales. Un auténtico desastre virtual.
     Algunos amigos, como el hombre sello, le aconsejaron que usara los máximos emoticonos posibles en sus mensajes. Así quedaría bien siempre aunque no se comiera un rosco. También le propuso salir con su prima, la máquina de escribir: una romántica incorregible que había acabado trabajando de símbolo para ganarse la hoja de papel.
     El hombre tintero decidió poner un anuncio en el periódico: varón de mediana edad busca relación estable con mujer tinta china o tinta invisible, sin menosprecio para la tintura de yodo.
     Después de varias llamadas obscenas y una animándole a donar tinta para impresora, consiguió una cita con una alcaldesa que le pagaba una fuerte suma de dinero por blanquear capital.
     «Seré turbio pero honrado», dijo zanjando el asunto. Al cabo de un tiempo, la alcaldesa y él se casaban. Ella iba a escribir sus memorias en prisión.    
     

Cuento escrito al calor del taller de escritura impartido por Begoña Torregrosa en la biblioteca Carolinas.

miércoles, 15 de marzo de 2017

EN LA PISCINA























Puede que en otra vida fuera lobo de mar, pues desde hace años nado regularmente en una piscina pública. Es un deporte individualista que me va como anillo al dedo, propio de gente disciplinada pero, a la vez, amante de la libertad que proporciona el agua.

En los vestuarios de la piscina, suelo coincidir con tres pensionistas encantadores a los que casi nunca he dirigido la palabra. Van a clases de natación y han hecho piña. Me fascina su vitalidad, su disposición a reírse del mundo, su inagotable labia. Y, por encima de todo, envidio su compañerismo de colegio. En resumen, de mayor quiero ser como ellos.

Uno de estos improvisados amigos se llama Jose, vive en el barrio de Carolinas y cuenta historias de la Guerra Civil que ponen los pelos de punta. La nostalgia se mezcla con la rabia al revivir la España siniestra y oscura de aquellos años.

Hubo una ocasión en que no tuve más remedio que vencer mi natural timidez y hablar con claridad. Estábamos poniéndonos el bañador en medio de un silencio agradable. Fui a mi taquilla para dejar algo cuando, enmarañada entre la ropa, descubrí una prenda que no era mía. Se trataba de un calzoncillo de los antiguos, enorme y con huevera. Color beige, para ser más exactos. Una pieza de museo.

De la forma más educada, le dije a uno de los señores que aquella reliquia no me pertenecía, con lo cual debía pertenecer por fuerza a alguno de ellos tres. La chanza y el cachondeo no se hicieron esperar. Manuel, el propietario del calzoncillo, se atrincheró en el baño mientras su amigo le interpelaba así: «Madre mía, has perdido el norte, ¿cómo te dejas eso en la taquilla de este hombre?». Al cabo de unos segundos interminables, Manuel recogió su prenda azorado y pidiendo disculpas. Yo le quité hierro al asunto diciendo que a cualquiera puede sucederle.

La amistad entre los ancianos sigue viento en popa; yo sigo acudiendo a la piscina con el sano propósito de nadar. A veces me acuerdo, sonrío y cierro la taquilla por si las moscas.

miércoles, 8 de marzo de 2017

UN GESTO DE SOLIDARIDAD
















Las lágrimas son privadas, de sobra lo sé, pero sienta bien compartirlas con un profesional acreditado. Veo a su madre todos los días cuando acompaño a Sergio al colegio. No me la he cruzado nunca, seguro que cambia de acera. Oye misa. Ojalá le ayude. En su lugar, no sé qué haría. Tengo recuerdos vagos de aquella noche. Varios matrimonios sentados en una barraca, el baile de la pólvora como mosquitos desquiciados, un cubata de más. Me tiran de la camiseta. Es un niño al que no conozco, no comprendo qué dice, repite una y otra vez «sólo estábamos jugando». De pronto temo por Sergio. Me levanto, tiro algunos vasos, corro en la dirección que me indica el chiquillo. Es moreno, de ojos azules como ágatas. Al llegar, se ha reunido un corro de curiosos. Estoy a punto de desmayarme, pero empiezo a gritar que dejen paso, que mi hijo está ahí. Nadie se mueve. Sergio viene llorando y me abraza fuerte. Tiembla. Él no le propuso al crío meter el petardo en una lata de refresco. Tampoco fue la esquirla que cortó su cuello. Únicamente le prestó su mecha. Un gesto de solidaridad en un mundo de locos.


Finalista en el IV Concurso de Microrrelatos Fogueres de Sant Joan organizado por la Foguera Port D' Alacant

lunes, 27 de febrero de 2017

EL MURO

Comenzamos una serie de entrevistas muy breves a personajes famosos sobre temas de actualidad.


Entrevistador: ¿Qué piensa sobre Cataluña, señor presidente?

Donald Trump: Creo que Cataluña debería construir un muro. Por supuesto, financiado con dinero español.

martes, 14 de febrero de 2017

LA REGLA

     
     ¿En qué se parecen Tania y las hamburguesas? En que son puro plástico.
     Viernes por la noche. Una de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimocuarto novio en un mes. Él le dobla la edad. Se lo puede permitir. Es rico.
     Tíos bastante más guapos que él babean, pero se muestra indulgente. Piensa: «Pobres chicos». Sabe que él y sólo él se la va a tirar esa noche y el resto de las noches.
     Viernes por la noche. Tres de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimoquinto novio en un mes. Ella luce un escote abisal. Parece su madre en vez de su amante. Él es casi un niño.
     Como si fuera su padre, no le quita el ojo de encima. La acompaña a todas partes. Incluso al baño. Fulmina con la mirada a cualquiera que se atreva a preguntar uno de los grandes enigmas de la humanidad: la hora.
     Viernes por la noche. Cinco de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su tercer aprendiz en un mes. Esta vez su alumno lleva falda. Son casi de la misma quinta. Apenas las separan trece meses. Ni el mismísimo diablo distinguiría a la joven de la experta.
     Están las dos tan buenas y van tan acarameladas que dan un morbazo increíble a todos los tíos que pasan. Cada dos por tres se detienen para darse el pico. La luna ilumina los piercing de sus lenguas.
     Antes de separarse se dan los números de teléfono. Por si la joven tiene alguna duda del negocio, es decir, un momento de debilidad. A su edad lo más fácil es enamorarse. Tania sabe lo doloroso que es eso y preferiría evitárselo.
     Sábado por la noche. Tania sale sola de marcha. Está tan buena que todos los tíos que pasan por su lado babean. Pero hoy no puede llevarse a nadie. Es la regla.
     Cuando vuelve a casa, se contenta con imaginar a todos los infelices que se habrán corrido pensando en ella. La muerte es una presumida.

Inédito de El Mirador
Atlantis, 2009

martes, 7 de febrero de 2017

PALABREJAS Y PALABROTAS
















Pillaron a Luis como vulgarmente se dice con las manos en la masa. Los ojos desorbitados, las manos ensangrentadas, el cuchillo entre los dientes, una risilla siniestra. En medio de un charco de sangre yacía el comercial que, con subterfugios, le había hecho creer que era revisor de la luz para intentar que cambiara de compañía eléctrica. En las noticias apareció como presunto asesino.

Denunciaron a Marta por corrupción. Nadie tenía la menor evidencia del asunto, pero al día siguiente los periodistas ya la acosaban a la puerta de su domicilio. Pocas horas después, los medios de comunicación se hacían eco de la noticia. La gente la insultaba mientras recogía a sus hijos del colegio. La alcaldesa estaba imputada.


miércoles, 25 de enero de 2017

MUJERES DE CORBATA EN PECHO






















Siempre me han gustado las bufandas, quizá porque tienen fama de bohemias. Sin embargo, últimamente he mirado muchos escaparates de corbatas. La culpa es de unas escritoras reincidentes en esto del cuento, más camaleónicas que David Bowie y despreocupadas por el qué dirán.
            
Después de reivindicar en El pintalabios (Visión, 2009) la feminidad sin caer en el feminismo, han decidido regresar con otro objeto de uso cotidiano: la corbata. Aunque a algunos hombres nos produzca alergia, es incuestionable la elegancia de esta prenda de vestir que nunca pasa de moda. Como la buena literatura.
            
Rafaela Lillo, Manuela Maciá, Paqui Pérez Gallego, Maribel Romero Soler y Teresa Rubira Lorén no pertenecen a la rabiosa actualidad de la prensa del corazón, pero escriben bien. Cojonudamente incluso. Ofrecen en La corbata (Los libros de Balmenhorn, 2016) un puñado de historias con inquietudes muy diversas, con formas de entender el acto literario tan variadas como la personalidad de sus autoras. Ahora bien, el rasgo que las hermana es la autenticidad. En este sentido, se despojan de paja poética —perdón por el término— para centrarse en el hecho narrativo. Tiran de desnudez, de palabra franca y llana. Tiran de oficio.

La corbata, un pretexto como otro cualquiera para escribir, aparece en todos los relatos hasta conformar un total de quince —tres por autora—, si bien no suele ejercer de protagonista en los mismos. Me viene a la memoria el cuento «Para Valeria», donde una abuela escribe un diario para su nieta recién nacida. Me seduce de él la valentía de la anciana al decidir no ser un estorbo para sus hijos. También recuerdo el tremendo impacto que me produce la lectura de «El desquite», que narra la violación de una chica en una fiesta de empresa. La escena del abuso pone los pelos de punta y, además, no contiene una palabra de más ni de menos. Hay espacio para corbatas mágicas en «La realidad de lo absurdo», historia de una pareja joven que firma por escrito unas reglas de convivencia doméstica. La crisis económica agudiza el ingenio en «El método Corbrac», una fábula humorística donde un joven se marca un farol para que lo seleccionen en una entrevista laboral. Remite al clásico infantil «El traje nuevo del emperador». Ninguna pieza me ha robado tanto el corazón como «Un trabajo escolar». Gira en torno a un estudiante que debe hacer un trabajo para el instituto sobre famosos que tengan algún rasgo en común. Elige a personalidades con corbata. El cuento es una aguda reflexión sobre la verdadera fama.

Se me ocurren cinco motivos para llevar corbata este invierno: te ríes a carcajada limpia —gracias, Teresa—, te emocionas, te dejas llevar por la magia, te hierve la sangre y te vuelves más independiente. Ojalá los Donald Trump del mundo leyeran estas cosas.

domingo, 15 de enero de 2017

HASTA SIEMPRE























Una biblioteca es una familia tan extraña y disfuncional como cualquier otra, sobre todo si está situada en un pequeño barrio como Carolinas. Allí me ha llevado el vicio de leer durante más años que los que escribo. En tanto tiempo, como no soy una ameba, he entablado amistad con las sacerdotisas de ese templo pagano y con algún que otro sacerdote.

No me arrepiento, aunque ahora duela. Una de esas amigas se ha ido a poco de iniciarse el año, cuando aún brindábamos con champán por una nueva oportunidad de ser felices.

Era la nueva. Venía a sustituir a unos bibliotecarios estupendos con los que incluso tomaba café de vez en cuando. Los trasladaban como si fuesen curas. Estaba un poco nervioso, la verdad. María Luisa y yo encajamos bastante bien desde el primer momento. Con el paso de los meses, hasta llegué a olvidar a los anteriores. Entonces no había whatsapp.

Me prestó varios libros personales, pero ninguno como El libro del cementerio de Neil Gaiman. Cuenta la historia de un niño cuyos padres mueren a manos de un despiadado asesino. El crío huye al cementerio, donde recibe la protección de los difuntos. Después de esta novela al más puro estilo romántico, buceé en otras obras del autor. Hoy en día es uno de mis escritores favoritos.

Me presentó a Esther Planelles en una reunión de escritores noveles si no me falla demasiado la memoria. Creo que estaba orgullosa de conocer a tantos juntaletras, entre cuentistas y poetas. Nadie podía imaginar por aquel entonces que ese par de chalados acabarían escribiendo un libro juntos. María Luisa leyó el primer borrador de Pelusillas en el ombligo y, aún no me explico cómo, sobrevivió.

Elena y Bienvenido volvieron, una para quedarse y el otro de visita. La nueva empezó a faltar cada vez con más frecuencia. Elena daba noticias con una lealtad más propia de una amiga que de una compañera de trabajo.

Entre la luz y la sombra del vasto océano, salió a la superficie para coger aire en varias ocasiones. Entonces creímos que había regresado, pero se estaba zambullendo entre las corrientes bailarinas.

Santa Claus no se la devolvió a Angelita, un personaje de cierto cuento navideño que no tenía a nadie más. Sin embargo, le hizo un regalo: la suerte de haberla desconocido. Hasta siempre, amiga.

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