jueves, 22 de febrero de 2018

LA TIMIDEZ
















«Vamos, no seas tímido. Sácame a bailar», dijo la pelirroja delante del espejo.


FINALISTA del concurso Cuenta 140 de El Cultural.

miércoles, 14 de febrero de 2018

CARPE DIEM



















El alto dijo:
     —¿Nos hacemos unas pajillas?
     Aquello pilló desprevenido y bajo de moral al chico. Nadie le había propuesto algo así en la vida, y menos su mejor amigo.
     —¿De qué hablas?
     El alto señaló un bote de lubricante que alguien, con las prisas, se había dejado abierto la semana anterior.
     —Estábamos contando nuestros líos de faldas y he pensado: a la mierda, ¿para qué esperar horas, días, semanas?
     —Porque las queremos, ¿te parece poco?
     —Hemos nacido para adorarlas, para juguetear con ellas, para ensartarlas a lo Vlad Tepes… pero yo ya estoy harto de esperar. Tanto que se habla de la emancipación de la mujer con respecto al hombre, ¿para cuándo lo contrario? Te contestaré sinceramente: nunca. Y te diré por qué: no hay unidad entre nosotros.
     —¿Y qué me dices de ellas? ¿No se darán cuenta de que nos traemos algo entre manos?
     —No lo notarán. Mientras cumplamos como un reloj suizo, seremos libres de hacer lo que nos plazca en nuestros ratos libres. Por fin nos habremos emancipado de su oscuro poder de seducción.
     —No te engañes; a mí me gustan las tías.
     —En eso estamos de acuerdo, pero ahora dejémonos de filosofía y venguemos a nuestros antepasados. Imagínate a todos los hombres que nos jalearán desde el más allá: carpe diem.
     —Maricones, vocearán más bien.
     —Este es un país de envidiosos.
     Una hora después, el alto lo zarandeó brutalmente. El bajo despertó de un sueño en el que era usado por una mujer con bigote. Su congénere tenía el horror pintado en el rostro.
     —No somos amigos ni maricas. ¿Puedes explicarme qué somos? —dijo a punto de echarse a llorar.
     —¿Qué te ocurre? ¿Te entró el remordimiento?
     —Me entró la duda.
     Ella llegó agotada y aquella noche se acostó enseguida, olvidando sin el mínimo pudor a aquellos amantes guardados en el armario. Nadie los echaría de menos a la hora de dormir. Nadie soñaría con ellos.
     —¿Qué somos? —repitió como un lamento.
     —Consoladores, querido —le tranquilizó el bajo—. No te hagas pajas mentales.

Inédito de Vareando Nubes
Atlantis, 2012

miércoles, 31 de enero de 2018

31 DE DICIEMBRE




Iba a ser una Nochevieja más. Aquella mañana, mientras mis hijos patinaban como patos mareados en la pista de hielo, yo tenía la impresión de haber vivido aquello. Alfonso y Clara repetían con la sensación frustrante de que nunca dominarían aquel deporte si lo practicaban de año en año.
     Un malestar creciente se fue apoderando de mí. El dolor empezó a subir desde el testículo izquierdo hasta el abdomen como un latigazo de hielo. Aún pude llegar a casa sin que en mi cerebro saltase la alarma, convencido de que se pasaría. No tardé nada en visitar Urgencias.
     Por fortuna, allí no había un alma. Escoltado de cerca por mi mujer y mi suegro, me movía como si buceara en líquido amniótico. Afuera, la carrera de San Silvestre se burlaba del frío manchego. Ahogado por la desazón, le conté al médico de guardia lo que me ocurría.
     La tarde pasó en un duermevela cuyo despertar suponía el regreso de un dolor indescriptible, seco, inagotable. Mi mesilla de noche estaba cubierta de medicamentos de colores chillones. No comí nada en todo el día. Apenas bebí un par de tragos de agua. De vez en cuando, mi familia me visitaba con sigilo de jaguar. Yo, que sentía alivio en completa oscuridad, apenas divisaba bultos. Sin embargo, sus voces me llegaban alto y claro. Recuerdo perfectamente que escuché a Alfonso decir: «Papá, faltan diez minutos para las campanadas». Me había prometido acompañarles —yo que siempre había odiado la costumbre de comer las uvas—, pero no tuve ánimo.
     A las tantas de la madrugada, el dolor me dio un breve respiro. Iba de pastillas hasta las cejas. Comí unas tostadas con aceite y sal que me supieron a gloria. Estuve hablando con mi mujer —que se caía de sueño— no sé cuántas horas, víctima de la incontinencia verbal de quien acaba de despertar de una pesadilla.
     En Año Nuevo, seguía partido en dos por el dolor pero vivo. No salí a la calle, apenas probé bocado y estuve en cama como si me hubiera corrido una juerga espantosa. Hasta mi imagen en el espejo huía.
     El regreso a Alicante en coche me hizo ver estrellas, galaxias y algunas constelaciones, pero estaba exultante de volver a casa. Al día siguiente, la médica de cabecera ofreció un diagnóstico más certero. Sentí que me daba una sonora palmada en el culito. Entonces arranqué a llorar. Los dolores de este parto sin epidural llamado cólico nefrítico han cesado paulatinamente; no así la extraña sensación de que me he parido a mí mismo. Por algo soy autónomo.

miércoles, 24 de enero de 2018

EL SEÑOR (14)






















Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
            
—Pido disculpas por el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
            
Lo hacemos lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el cabello también era sintético.
            
—Sé los rumores que circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha invitado mientras agachaba la cabeza.
            
Tanta simpatía me ha escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
            
Ahora, para rebajar la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas para más señas. No he encontrado nada de comer.
            
Se rasca la coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de ella no». Me encojo de hombros.
            
Nuria le anima a continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se levanta y empieza a cantar Els Segadors.
            
Después del numerito, dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
            
Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.

miércoles, 17 de enero de 2018

EL SEÑOR (13)




Después del golpe al banco, recibo una llamada de Pedro en la que pregunta si me he vuelto loca. Como no comprendo nada, dice que conecte la televisión.
            
La chica del telediario relata con voz monocorde el robo. Ha sido perpetrado por una mujer de unos treinta años que, luego, ha desaparecido como por arte de magia. Se cree, por el testimonio de uno de los cajeros de la sucursal, que tenía una cómplice. Misteriosamente, la cámara de seguridad solo ha registrado a una persona.
            
—Tu cara es portada en todos los periódicos —reprocha Pedro con tono lúgubre de sepulturero—. No me extrañaría que la policía se os echara encima de un momento a otro.
            
—Lo sé y lo siento. Necesitábamos pasta.
            
Durante unos instantes, mi marido calla mientras tomo un baño relajante en el jacuzzi de una suite presidencial. Nuria está frente a mí cubierta de espuma, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
            
—Hay formas cojonudas de hacer las cosas sin llamar tanto la atención —se lamenta.
            
—Puede, cariño, pero olvidas un detalle —digo con la ironía de quien empieza a no temer a nada ni a nadie—. Aquí donde nos ves, ya no somos dos mujeres indefensas. Ahora somos invisibles. Tranquilo, no nos pasará nada.
            
Tocan a la puerta.
            
Decido no despertar a Nuria de su plácido sueño de espuma. Salgo del jacuzzi, me pongo el albornoz, cuelgo el móvil. Entonces caigo en la cuenta de que hemos pedido que no se nos moleste bajo ningún concepto.
            
«¿Quién es?», pregunto con un leve temblor de voz. «Una botella de cava obsequio del hotel», recita el supuesto botones. Entreabro la puerta y me asomo conteniendo la respiración.

sábado, 6 de enero de 2018

jueves, 21 de diciembre de 2017

NAVIDAD ENTRE AMIGOS
















Hará unas pocas semanas, Neogéminis me propuso participar en un christmas conjunto. El único requisito consistía en aparecer con una foto de cuando éramos niños. La iniciativa me pareció tan simpática que decidí colaborar. Fue divertido pedirle a mi madre —porque ellas siempre guardan esas cosas— una instantánea raída por el tiempo. Me preguntó, al cabo de un rato, para qué la quería. Me hice el despistado. Pensé luego, en la soledad de mi despacho, que la Navidad es como ese niño que ya no reconocemos en las imágenes del álbum familiar. Encontrarlo es el reto. También el vuestro. Os propongo que me encontréis en la tarjeta. Quien acierte, recibirá por correo un relato inédito con dedicatoria de mi puño y letra. 
Hasta la vista, mirones.

sábado, 16 de diciembre de 2017

PAREDES DE PAPEL

A Mario Ginerés Tirado














La pared vomitaba a diario un rosario de insultos y vejaciones. Harto de no pegar ojo, empujó él mismo al exorcista por la ventana.


FINALISTA del concurso Cuenta 140 de El Cultural.

domingo, 10 de diciembre de 2017

REVELACIÓN

















Dos viejos amigos se encuentran por la calle, y uno le dice a otro:
—He bajado a Alicante a comprar té.
—Pues aquí me tienes, ladrón.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

OTOÑO



En otoño
me escoño.
¿Quién ha olvidado
esta cáscara de plátano
en el suelo de linóleo?
La sostengo entre dos dedos
como un pulpo fofo.
Ante el espejo,
improviso un moño.
Hago sonar la campanilla
llamando al mayordomo.
Me olvido de ella
lanzándola al aire
hasta que un catacroc, un grito, un ay
anuncian el peor pronóstico.
Si no echas la basura en casa,
¿por qué el planeta parece un orto?


miércoles, 22 de noviembre de 2017

EL CUENTO
















Pongamos que se llama Juan Antonio y que su deseo es escribir un cuento.
     Se pone a ello con la mayor ilusión posible y, gracias a las técnicas aprendidas en el taller, espera escribir algo que merezca la pena. Incluso genial si las musas están de su parte.
     Miles de temas parpadean en la mente de Juan Antonio como estrellas en la noche. Casi todos están tan trillados como las canciones de Camela. No se inspira. Se levanta, agarra la botella de ron y prepara un cubata. A la tercera copa, apaga el ordenador y se va a dormir.
     Al día siguiente, se encuentra en la biblioteca a Narcís. Escribe de manera febril en su portátil. Parece que no tiene problemas de inspiración. De hecho, es como si estuviera en trance. ¿Será cosa del aloe vera? Decide no molestarle.
     A mitad de semana, entra en pánico. Aún no ha escrito ni siquiera una línea y la clase del viernes se acerca. Es la última y, claro, le gustaría impresionar. Mientras saca a pasear a la perra, coincide con Paco. Decide sondearlo para ver cómo lo lleva. «Estoy con un narrador omnisciente —dice entusiasmado—, pero repartido en pequeños narradores equiscientes a la manera de Virginia Wolf.» Juan Antonio trata de aparentar serenidad mientras recoge una deposición de su mascota y se la guarda en el bolsillo. Luego se despide.
     Después de muchos intentos, Juan Antonio pone punto final a una historia. Está orgulloso. Entonces acude a su mente la voz de la profesora Grant diciendo: «Buscáis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor». Rompe el cuento en mil pedazos. Muerto de vergüenza, la víspera de la clase copia y pega un cuento primerizo de Juan José Millás.
     Tras leer el cuento en voz alta, la profesora del taller le pregunta por el cambio que experimenta el protagonista. «Ni repajolera idea», responde. Tanto se alegra de que la crítica le haya llovido a Millás.


Cuento escrito en el taller literario de la biblioteca Carolinas de Alicante. Ejercicio 5: Tema libre. Incluido en la antología Relatos bajo el agua

sábado, 11 de noviembre de 2017

LA NOVIA DEL MONSTRUO

















Ayer salí con Yesi. Somos amigas desde la infancia y, este año, como solo he suspendido dos, mis padres me han dejado visitarla por la feria de Albacete.
     Le perdono que estuviera vistiéndose y maquillándose dos horas porque luego me invitó a una hamburguesa. Nos la comimos tranquilamente en Los Jardinillos, oyendo el rumor del agua. Fue algo muy raro, porque Yesi no suele permanecer callada demasiado tiempo. Chupándose los dedos de ketchup, dijo que quería presentarme a alguien.
     «¿Un novio?», pregunté maliciosa. Por toda respuesta, me cogió de la mano y me llevó a Los Redondeles. Entramos a la librería más pequeña del mundo. Entre anaqueles abarrotados de libros y cubiertos de polvo, Muriel lucía un moño de rizos eléctricos con dos mechones blancos.
     Su amiga llevaba un pañuelo al cuello por no sé qué erupción, pero parecía simpática. Compró una edición preciosa de «Frankenstein» para su novio que «luego se enfada… pero lo hace porque me quiere», y nos largamos al Ateneo. Allí bebimos calimocho, bailamos y coincidimos con gente del instituto de Yesi. En un instante de entusiasmo provocado por el alcohol, uno de los chicos hizo algo que no debía.
     Aunque recogió el fular como el rayo y se lo puso, yo vi algo que todavía no me explico. Yesi dice que son imaginaciones mías. Estoy planeando subir a la noria, quitarle el pañuelo y tirarlo al vacío. Entonces ya veremos si puede seguir ocultando esas horribles cicatrices alrededor del cuello.


martes, 31 de octubre de 2017

EL PROCESO




La gente estaba cambiando. Eso lamentaba Miquel hasta que se dio cuenta de que el proceso se había vuelto irreversible, como un cáncer terminal. 
     Al principio, solo unos cuantos radicales se atrevían a cuestionar la autoridad y el orden. El gobierno les tachaba de locos o, peor aún, vaticinaba que pronto se les olvidaría. Fue estúpido subestimar su poder, su capacidad de inmolación propia de kamikazes.
     Poco a poco, empezaron a proliferar individuos con lemas y discursos que, en aras de la libertad, apestaban a ideología nazi. Quien no pertenecía a su club, era fascista. Incluso se comenzaron a elaborar listas de personas en contra de la independencia. 

     El futuro era siniestro. Por eso Miquel subió al tren aquella noche junto a su familia. Dejaba atrás Xàtiva, que era lo que más quería. Deseaba que sus hijos aprendieran castellano y valenciano.


Más cuentos terroríficos en el blog de Teresa Cameselle.

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