miércoles, 16 de mayo de 2018

EL CLUB DE LOS IMPOSIBLES


Todo negocio que se precie los tiene. Pagan tarde y mal. Son el club de los imposibles. Aquí van algunos rasgos que los delatan. Primero: Has confeccionado con dedicación un ramillete de normas que, por fortuna, tus clientes respetan. En dichas normas se estipula un plazo razonable para abonar el recibo. Los imposibles nunca pagan en el plazo señalado, sino tres pueblos más allá. ¿Por qué? Porque ellos lo valen. Da lo mismo que les repitas cada mes que deben atenerse a las normas. Ellos son unos fuera de la ley que pagan cuando les da la gana. Segundo: Visto lo visto, no te queda otro remedio que suspenderles el servicio con un aséptico mensaje de móvil. No creas que perderán el culo para pagarte. Ni mucho menos. Los imposibles tienen un código de honor por el que se rigen férreamente. Tercero: Si los pillas de buen rollo, te dirán como perdonando tu miserable vida que pagarán la semana que viene. Lo harán la siguiente. Da gracias. Cuarto: Si los pillas con la vena literaria, te pedirán disculpas aplicándose los adjetivos más crueles del vocabulario mientras aseguran, por la gloria de su madre, que ahora mismo saldarán su deuda. No aparecerán hasta dos semanas después cuando estabas a punto de darte a la bebida. Quinto: Cada temporada, revisas concienzudamente las normas para comprobar si están en castellano. Lo están, pero ellos saben latín. Sexto: Si aparecen con un billete de doscientos euros en la cartera, despiértate. Estás teniendo una pesadilla. Séptimo: Disfruta de la vida.

domingo, 6 de mayo de 2018

INTERCAMBIO






















El último mensaje del SETI enviado al espacio exterior («¿Hay alguien ahí, aunque sea Chiquito?») ha sido respondido desde el planeta GJ273b en varios idiomas: «Cobarde, pecador de la pradera… urge intercambio por uno de nuestros prófugos. Huyó primero a Cataluña. Ahora se esconde en Bruselas.»

Incluido en esta antología de PAE (Plataforma de Adictos a la Escritura) que homenajea al gran Chiquito de la Calzada.

miércoles, 25 de abril de 2018

LITROS DE ALCOHOL




Conozco a una madre que, hace unos años, prohibió a su hija que fuera con sus amigas a la Romería de la Santa Faz de Alicante. Imagino el cabreo de la chavala, los portazos, los gritos y, sin embargo, entiendo las razones de la madre. No es precisamente la llama de la fe lo que arrastra a cientos de adolescentes en procesión cada mes de abril, sino el macrobotellón que se celebra en la playa de San Juan.

Ahora, vecinos y padres de San Juan, han elaborado un manifiesto para concienciar a la sociedad alicantina del problema y tratar de solucionarlo. Su título es bastante elocuente: «Por una Santa Faz sin alcohol en menores». El escrito propone una campaña de concienciación local, ofrece actividades deportivas y lúdicas alternativas en la playa de San Juan y, lógicamente, exige medidas contra el consumo de alcohol en la calle.

Como alicantino y profesor de academia, siento que no se debe hacer la vista gorda ni mirar para otro lado. Es una grave irresponsabilidad permanecer impasibles. Empecemos atajando el consumo indiscriminado de alcohol durante las Hogueras de San Juan. No solo en la calle, sino especialmente en muchas barracas donde las botellas se arraciman sobre las mesas esperando a sus dueños que, totalmente pedo, echan el bailecito de turno. Un espectáculo lamentable. Recordemos también que nuestros hijos no se educan en los colegios sino, principalmente, en casa. Ellos harán lo que nos vean hacer a nosotros. Una obviedad que casi siempre se pasa por alto. Y, por último, una pequeña broma: si realmente queremos una Santa Faz libre de alcohol, ¿por qué este año se regalaron cinco mil «cañas» más a los romeros en la plaza del Ayuntamiento y en San Nicolás? Demasiadas veces acaban olvidadas en cualquier parte después de la romería.

Una canción de Ramoncín describía una merluza de esta forma: «Litros de alcohol corren por mis venas…». A día de hoy, el bebedor no tiene ni la mitad de problemas que el fumador. Las bodas, las despedidas de soltero, los conciertos, las cenas con los amigos y, en definitiva, cualquier acto social aparece regado con el preciado líquido. Tampoco creo que haya que esconderse para tomar una cerveza o un cubata. Más bien al contrario. Opino que la bebida debe normalizarse y, por supuesto, convertirla en un placer que se pierde cuando se abusa.


miércoles, 28 de marzo de 2018

LA MANCHA TIENE ALGO




"... Y por Castilla veo un árbol / y parece que veo alguien de mi familia". (Gloria Fuertes) 
Feliz Semana Santa, amig@s. 

miércoles, 21 de marzo de 2018

EL SEÑOR (15)
















No sé por qué he hecho caso a Nuria. Para que este regreso sea una sorpresa en toda regla, yo le he robado el chupachús a un niño y ella la cartera a un cura. Los cuatro esperábamos el ascensor del piso. Al entrar en la cabina aparentemente ellos solos, han pensado que el ladrón ha sido el otro. Se han enzarzado en una pelea mientras nosotras aguantábamos la risa.
            
En la puerta está la chapa con nuestros nombres: Pedro Vargas y Tina Rubio. La nostalgia me cubre con una sábana de la cabeza a los pies como a un fantasma primitivo. Sigo queriéndole y ahora necesito más que nunca su apoyo. Un poder como la invisibilidad requiere de otro no menos importante llamado cotidianidad. Deseo con todas mis fuerzas un poco de rutina después de estas vacaciones de locura.
            
Nuria me aprieta el hombro en señal de que sabe lo que pienso.
            
—Tal vez deberíamos llamar al timbre y olvidar el puñetero asunto —sugiere con psicología inversa. Logra el efecto contrario.
            
—Venga, una última locura.
            
Ella atraviesa primero; yo la sigo con un presentimiento extraño. El piso está tranquilo. Quizá demasiado tranquilo para ser las diez de la noche de un sábado. Desde que esto empezó, Pedro teme que Paco se hunda. Por eso se lo ha traído a nuestra casa.
            
Observo con asombro el orden y la limpieza del salón. Una barrita de incienso perfuma el aire. En la cocina todos los cacharros de la cena están fregados. Nuria tiene la boca abierta.
            
Oímos susurros provenientes de la habitación de matrimonio. Como si dos personas hablaran bajo para no despertar a un supuesto bebé. Nuria me agarra de la camiseta.
            
—No vayas —musita.
            
—Seguro que duermen —trato de infundirme ánimos.
            
La habitación está poblada de sombras, pero se distingue a dos figuras con el torso desnudo en el suelo. Cuando se me escapa «qué coño», ellos encienden la luz y miran asustados a su alrededor.

miércoles, 14 de marzo de 2018

FIN























El fin del mundo no fue inventado por los Testigos de Jehová, aunque hay que reconocer que le echan cuento. La literatura y el cine siempre han aportado su granito de arena a este subgénero. Desde la mítica novela Soy Leyenda de Richard Matheson a la película Hijos de los hombres dirigida por Alfonso Cuarón, cada cierto tiempo la humanidad practica una especie de simulacro de aniquilación para sacar algo en claro. El problema es que, por lo que parece, los políticos no leen ni van al cine.

Afortunadamente, la escritora Maribel Romero Soler no se dedica a la política. De hecho, su última novela juvenil critica desde el inquietante título el talón de Aquiles de todos los gobiernos, incluido el español. ¿Qué pasa con el medio ambiente? ¿Cómo duermen tan tranquilos los altos cargos sabiendo que la Tierra se muere poco a poco? ¿No es para alarmarse el rearme nuclear de Rusia y Estados Unidos?

Árboles de ceniza (Tandaia, 2017) presenta un mundo devastado por un gran cataclismo. El antiguo planeta azul ha sufrido cambios de carácter morfológico, ambiental y antropomorfo. En el terreno ambiental, por ejemplo, el sol se ha convertido en un ascua que apenas da calor. Los seres humanos también han experimentado mutaciones curiosas en el color de los ojos o el pelo. Estas transformaciones serían soportables si la supervivencia de la humanidad no estuviera amenazada con la extinción.

La autora bosqueja unos personajes desesperanzados, vencidos y sin horizonte alguno que viven en una comunidad. Lucho, conocido como «El hombre sabio», es su líder. Pese al negro futuro que acecha a la vuelta de la esquina, la doctora de la comunidad está enamorada en secreto. Los niños también ensayan sus primeros amores, pues se acordó que su edad empezara a contar a partir de la catástrofe. Además, perviven lujos del viejo mundo como la electricidad, el agua potable aunque gris o la telefonía básica. La vida continúa.

No puedo ocultar, llegados aquí, que adoro el subgénero apocalíptico como buen adicto al cine de terror que soy. En este sentido, la novela ha hecho mis delicias. Quizá no describa al detalle, pero quién necesita a Tolkien teniendo a Maribel. Su genialidad reside, sin lugar a dudas, en la aparente sencillez de la historia. Con apenas siete personajes, logra tocar de nuevo las teclas de la sensibilidad como Chopin interpretando uno de sus famosos Nocturnos para piano. No se detiene en el por qué ni se regodea en escabrosos espectáculos de seres deformes postapocalípticos. Ahonda más bien en el para qué.

Noto a Maribel Romero más seria de lo habitual en esta novela. Sus clásicos golpes de humor son más discretos. La historia, supongo, exigía un tono ronco que no anticipara su desenlace. Me gustaría que Árboles de Ceniza nunca se hiciese realidad. Si tenemos que destruir algo, que sea el defecto de no perdonar.


miércoles, 7 de marzo de 2018

LA INMORTAL






















Solo le pido a Dios la eternidad 
de la nevera.
Qué placer más sinuoso
no tener que comprar.
Qué alegría más lúbrica 
no quedarse sin sal
un día de huelga.
¡Maldita la hora en que probé 
aquella crema antiedad!
Detesto salir de marcha disfrazada de abuela, 
envidio las arrugas jóvenes
que tenía mamá.
Mis amigas fallecieron hace décadas
muertas de envidia
por mi triste inmortalidad.

miércoles, 28 de febrero de 2018

LOS AMANTES PASAJEROS























El cuento es un género ya de por sí adúltero. Lo digo porque se construye y deconstruye al vaivén de las modas; nadie sabe si se acuesta con la poesía, la narración o con ambas. Óscar Wide resume con maestría que en él importan tanto el fondo como la forma: «No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo».
     
Los cuernos han inspirado a escritores desde Flauvert a Millás. Faltaba una perspectiva —aunque no original, siempre novedosa— de la mujer frente al fenómeno. Supongo que Raquel López pensó que Amantes amados (Círculo Rojo, 2013) era el medio idóneo para llenar ese vacío.
     
A esta cuentista profesional lo único que le asusta es morir de aburrimiento. Y de él nos libra, con su particular sentido del amor, en los casi treinta cuentos que componen su primer libro. La influencia de la oralidad se refleja en el gusto por los paralelismos y las repeticiones, que dotan a la narración de un ritmo y una musicalidad envidiables.
     
En estas páginas escritas para ser contadas, el lector encontrará el romanticismo del primer amor y la madurez de saber lo que uno quiere en los cuentos «El almacén» y «Certezas». La escritora también ironiza sobre la pérdida de la pasión en «Con el diccionario en la mano» y sugiere mucha rehabilitación para algo más que un simple tobillo. No deben perderse el renacer a una religiosidad new age bastante ligera de cascos. Así, en la divertida «Reflexiones de una creyente», una mujer despierta a una nueva fe que le impulsa a cepillarse solo a señores cuyo nombre aparezca en el santoral. Por cierto, los hombres de Amantes amados carecen de conciencia doméstica y se mueren por echar un polvo. Las mujeres andan sobradas de conocimiento, pero les encantaría perderlo en «Vegetarianos». Sobre lo de enamorarse, Raquel López aclara: una buena amante debe hacer todo lo posible para que el marido vuelva con su esposa.
     
Algunas veces los amantes pasajeros se quedan. En «El huésped de la maestra», el más sentido de la colección, la diferencia de edad no es obstáculo para que una relación funcione. El adulterio —entendido como traición a las buenas costumbres— solo existe en la mente retorcida de los demás: «El camión arrancó con estruendo e hizo sonar la bocina para que no quedara vecino sin enterarse. Se iban. Se marchaban. Juntos. A pesar de todos. Sin atender a nadie».
     
Cualquier día, en una biblioteca o un café, Raquel López te lanzará la pregunta de si prefieres ser amado o amante. No le des más vueltas. Nada mejor que querer y que te quieran.

jueves, 22 de febrero de 2018

LA TIMIDEZ
















«Vamos, no seas tímido. Sácame a bailar», dijo la pelirroja delante del espejo.


FINALISTA del concurso Cuenta 140 de El Cultural.

miércoles, 14 de febrero de 2018

CARPE DIEM



















El alto dijo:
     —¿Nos hacemos unas pajillas?
     Aquello pilló desprevenido y bajo de moral al chico. Nadie le había propuesto algo así en la vida, y menos su mejor amigo.
     —¿De qué hablas?
     El alto señaló un bote de lubricante que alguien, con las prisas, se había dejado abierto la semana anterior.
     —Estábamos contando nuestros líos de faldas y he pensado: a la mierda, ¿para qué esperar horas, días, semanas?
     —Porque las queremos, ¿te parece poco?
     —Hemos nacido para adorarlas, para juguetear con ellas, para ensartarlas a lo Vlad Tepes… pero yo ya estoy harto de esperar. Tanto que se habla de la emancipación de la mujer con respecto al hombre, ¿para cuándo lo contrario? Te contestaré sinceramente: nunca. Y te diré por qué: no hay unidad entre nosotros.
     —¿Y qué me dices de ellas? ¿No se darán cuenta de que nos traemos algo entre manos?
     —No lo notarán. Mientras cumplamos como un reloj suizo, seremos libres de hacer lo que nos plazca en nuestros ratos libres. Por fin nos habremos emancipado de su oscuro poder de seducción.
     —No te engañes; a mí me gustan las tías.
     —En eso estamos de acuerdo, pero ahora dejémonos de filosofía y venguemos a nuestros antepasados. Imagínate a todos los hombres que nos jalearán desde el más allá: carpe diem.
     —Maricones, vocearán más bien.
     —Este es un país de envidiosos.
     Una hora después, el alto lo zarandeó brutalmente. El bajo despertó de un sueño en el que era usado por una mujer con bigote. Su congénere tenía el horror pintado en el rostro.
     —No somos amigos ni maricas. ¿Puedes explicarme qué somos? —dijo a punto de echarse a llorar.
     —¿Qué te ocurre? ¿Te entró el remordimiento?
     —Me entró la duda.
     Ella llegó agotada y aquella noche se acostó enseguida, olvidando sin el mínimo pudor a aquellos amantes guardados en el armario. Nadie los echaría de menos a la hora de dormir. Nadie soñaría con ellos.
     —¿Qué somos? —repitió como un lamento.
     —Consoladores, querido —le tranquilizó el bajo—. No te hagas pajas mentales.

Inédito de Vareando Nubes
Atlantis, 2012

miércoles, 31 de enero de 2018

31 DE DICIEMBRE




Iba a ser una Nochevieja más. Aquella mañana, mientras mis hijos patinaban como patos mareados en la pista de hielo, yo tenía la impresión de haber vivido aquello. Alfonso y Clara repetían con la sensación frustrante de que nunca dominarían aquel deporte si lo practicaban de año en año.
     Un malestar creciente se fue apoderando de mí. El dolor empezó a subir desde el testículo izquierdo hasta el abdomen como un latigazo de hielo. Aún pude llegar a casa sin que en mi cerebro saltase la alarma, convencido de que se pasaría. No tardé nada en visitar Urgencias.
     Por fortuna, allí no había un alma. Escoltado de cerca por mi mujer y mi suegro, me movía como si buceara en líquido amniótico. Afuera, la carrera de San Silvestre se burlaba del frío manchego. Ahogado por la desazón, le conté al médico de guardia lo que me ocurría.
     La tarde pasó en un duermevela cuyo despertar suponía el regreso de un dolor indescriptible, seco, inagotable. Mi mesilla de noche estaba cubierta de medicamentos de colores chillones. No comí nada en todo el día. Apenas bebí un par de tragos de agua. De vez en cuando, mi familia me visitaba con sigilo de jaguar. Yo, que sentía alivio en completa oscuridad, apenas divisaba bultos. Sin embargo, sus voces me llegaban alto y claro. Recuerdo perfectamente que escuché a Alfonso decir: «Papá, faltan diez minutos para las campanadas». Me había prometido acompañarles —yo que siempre había odiado la costumbre de comer las uvas—, pero no tuve ánimo.
     A las tantas de la madrugada, el dolor me dio un breve respiro. Iba de pastillas hasta las cejas. Comí unas tostadas con aceite y sal que me supieron a gloria. Estuve hablando con mi mujer —que se caía de sueño— no sé cuántas horas, víctima de la incontinencia verbal de quien acaba de despertar de una pesadilla.
     En Año Nuevo, seguía partido en dos por el dolor pero vivo. No salí a la calle, apenas probé bocado y estuve en cama como si me hubiera corrido una juerga espantosa. Hasta mi imagen en el espejo huía.
     El regreso a Alicante en coche me hizo ver estrellas, galaxias y algunas constelaciones, pero estaba exultante de volver a casa. Al día siguiente, la médica de cabecera ofreció un diagnóstico más certero. Sentí que me daba una sonora palmada en el culito. Entonces arranqué a llorar. Los dolores de este parto sin epidural llamado cólico nefrítico han cesado paulatinamente; no así la extraña sensación de que me he parido a mí mismo. Por algo soy autónomo.

miércoles, 24 de enero de 2018

EL SEÑOR (14)






















Nuria y yo, las dos en albornoz, observamos al hombre que ocupa un sillón junto a la chimenea de la suite presidencial.
            
—Pido disculpas por el truco del cava, pero nunca creí que lo echaría tanto de menos —dice invitándonos a tomar asiento en nuestro propio sofá.
            
Lo hacemos lentamente, sin apartar la mirada del tipo más buscado de España. Hace un instante, ante nuestra estupefacción, se ha quitado una barba postiza con la que emulaba a un hípster. Con mucha educación, Nuria le ha preguntado si el cabello también era sintético.
            
—Sé los rumores que circulan por ahí. Es pelo auténtico. Estira, estira si no te lo crees —ha invitado mientras agachaba la cabeza.
            
Tanta simpatía me ha escamado, pero no he querido romper el momento mágico en que Nuria comprobaba la solidez capilar de Puigdemont. Tras acabar la inspección, el expresidente de la Generalitat me ha hecho señas por si yo también quería tocar.
            
Ahora, para rebajar la tensión de no saber qué demonios quiere de nosotras este político huido a Bélgica desde la declaración de la república catalana, bebemos whisky con hielo. Chivas para más señas. No he encontrado nada de comer.
            
Se rasca la coronilla, carraspea y dice: «Tu cara está en todos los periódicos, pero la de ella no». Me encojo de hombros.
            
Nuria le anima a continuar llenando su vaso hasta el borde. Reconoce su delicada situación, le echa la culpa a un gobierno represivo y totalitario. En un acceso de euforia se levanta y empieza a cantar Els Segadors.
            
Después del numerito, dice: «Alguien de mi absoluta confianza me ha informado de que podéis desaparecer… Yo solo necesito ser investido presidente. Con un rato de invisibilidad, me basta. Ofrezco la vicepresidencia de mi república».
            
Nuria me guiña un ojo. Entonces, sonrientes, le arrancamos un mechón cada una. Y desaparecemos en sus narices.

miércoles, 17 de enero de 2018

EL SEÑOR (13)




Después del golpe al banco, recibo una llamada de Pedro en la que pregunta si me he vuelto loca. Como no comprendo nada, dice que conecte la televisión.
            
La chica del telediario relata con voz monocorde el robo. Ha sido perpetrado por una mujer de unos treinta años que, luego, ha desaparecido como por arte de magia. Se cree, por el testimonio de uno de los cajeros de la sucursal, que tenía una cómplice. Misteriosamente, la cámara de seguridad solo ha registrado a una persona.
            
—Tu cara es portada en todos los periódicos —reprocha Pedro con tono lúgubre de sepulturero—. No me extrañaría que la policía se os echara encima de un momento a otro.
            
—Lo sé y lo siento. Necesitábamos pasta.
            
Durante unos instantes, mi marido calla mientras tomo un baño relajante en el jacuzzi de una suite presidencial. Nuria está frente a mí cubierta de espuma, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
            
—Hay formas cojonudas de hacer las cosas sin llamar tanto la atención —se lamenta.
            
—Puede, cariño, pero olvidas un detalle —digo con la ironía de quien empieza a no temer a nada ni a nadie—. Aquí donde nos ves, ya no somos dos mujeres indefensas. Ahora somos invisibles. Tranquilo, no nos pasará nada.
            
Tocan a la puerta.
            
Decido no despertar a Nuria de su plácido sueño de espuma. Salgo del jacuzzi, me pongo el albornoz, cuelgo el móvil. Entonces caigo en la cuenta de que hemos pedido que no se nos moleste bajo ningún concepto.
            
«¿Quién es?», pregunto con un leve temblor de voz. «Una botella de cava obsequio del hotel», recita el supuesto botones. Entreabro la puerta y me asomo conteniendo la respiración.

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