martes, 14 de febrero de 2017

LA REGLA

  
     ¿En que se parecen Tania y las hamburguesas? En que son puro plástico.
     Viernes por la noche. Una de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimocuarto novio en un mes. Él le dobla la edad. Se lo puede permitir. Es rico.
     Tíos bastante más guapos que él babean, pero se muestra indulgente. Piensa: «Pobres chicos». Sabe que él y sólo él se la va a tirar esa noche y el resto de las noches.
     Viernes por la noche. Tres de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su decimoquinto novio en un mes. Ella luce un escote abisal. Parece su madre en vez de su amante. Él es casi un niño.
     Como si fuera su padre, no le quita el ojo de encima. La acompaña a todas partes. Incluso al baño. Fulmina con la mirada a cualquiera que se atreva a preguntar uno de los grandes enigmas de la humanidad: la hora.
     Viernes por la noche. Cinco de la madrugada. Tania cruza la avenida de la mano de su tercer aprendiz en un mes. Esta vez su alumno lleva falda. Son casi de la misma quinta. Apenas las separan trece meses. Ni el mismísimo diablo distinguiría a la joven de la experta.
     Están las dos tan buenas y van tan acarameladas que dan un morbazo increíble a todos los tíos que pasan. Cada dos por tres se detienen para darse el pico. La luna ilumina los piercing de sus lenguas.
     Antes de separarse se dan los números de teléfono. Por si la joven tiene alguna duda del negocio, es decir, un momento de debilidad. A su edad lo más fácil es enamorarse. Tania sabe lo doloroso que es eso y preferiría evitárselo.
     Sábado por la noche. Tania sale sola de marcha. Está tan buena que todos los tíos que pasan por su lado babean. Pero hoy no puede llevarse a nadie. Es la regla.
     Cuando vuelve a casa, se contenta con imaginar a todos los infelices que se habrán corrido pensando en ella. La muerte es una presumida.


Inédito de El Mirador
Atlantis, 2009

martes, 7 de febrero de 2017

PALABREJAS Y PALABROTAS
















Pillaron a Luis como vulgarmente se dice con las manos en la masa. Los ojos desorbitados, las manos ensangrentadas, el cuchillo entre los dientes, una risilla siniestra. En medio de un charco de sangre yacía el comercial que, con subterfugios, le había hecho creer que era revisor de la luz para intentar que cambiara de compañía eléctrica. En las noticias apareció como presunto asesino.

Denunciaron a Marta por corrupción. Nadie tenía la menor evidencia del asunto, pero al día siguiente los periodistas ya la acosaban a la puerta de su domicilio. Pocas horas después, los medios de comunicación se hacían eco de la noticia. La gente la insultaba mientras recogía a sus hijos del colegio. La alcaldesa estaba imputada.


miércoles, 25 de enero de 2017

MUJERES DE CORBATA EN PECHO






















Siempre me han gustado las bufandas, quizá porque tienen fama de bohemias. Sin embargo, últimamente he mirado muchos escaparates de corbatas. La culpa es de unas escritoras reincidentes en esto del cuento, más camaleónicas que David Bowie y despreocupadas por el qué dirán.
            
Después de reivindicar en El pintalabios (Visión, 2009) la feminidad sin caer en el feminismo, han decidido regresar con otro objeto de uso cotidiano: la corbata. Aunque a algunos hombres nos produzca alergia, es incuestionable la elegancia de esta prenda de vestir que nunca pasa de moda. Como la buena literatura.
            
Rafaela Lillo, Manuela Maciá, Paqui Pérez Gallego, Maribel Romero Soler y Teresa Rubira Lorén no pertenecen a la rabiosa actualidad de la prensa del corazón, pero escriben bien. Cojonudamente incluso. Ofrecen en La corbata (Los libros de Balmenhorn, 2016) un puñado de historias con inquietudes muy diversas, con formas de entender el acto literario tan variadas como la personalidad de sus autoras. Ahora bien, el rasgo que las hermana es la autenticidad. En este sentido, se despojan de paja poética —perdón por el término— para centrarse en el hecho narrativo. Tiran de desnudez, de palabra franca y llana. Tiran de oficio.

La corbata, un pretexto como otro cualquiera para escribir, aparece en todos los relatos hasta conformar un total de quince —tres por autora—, si bien no suele ejercer de protagonista en los mismos. Me viene a la memoria el cuento «Para Valeria», donde una abuela escribe un diario para su nieta recién nacida. Me seduce de él la valentía de la anciana al decidir no ser un estorbo para sus hijos. También recuerdo el tremendo impacto que me produce la lectura de «El desquite», que narra la violación de una chica en una fiesta de empresa. La escena del abuso pone los pelos de punta y, además, no contiene una palabra de más ni de menos. Hay espacio para corbatas mágicas en «La realidad de lo absurdo», historia de una pareja joven que firma por escrito unas reglas de convivencia doméstica. La crisis económica agudiza el ingenio en «El método Corbrac», una fábula humorística donde un joven se marca un farol para que lo seleccionen en una entrevista laboral. Remite al clásico infantil «El traje nuevo del emperador». Ninguna pieza me ha robado tanto el corazón como «Un trabajo escolar». Gira en torno a un estudiante que debe hacer un trabajo para el instituto sobre famosos que tengan algún rasgo en común. Elige a personalidades con corbata. El cuento es una aguda reflexión sobre la verdadera fama.

Se me ocurren cinco motivos para llevar corbata este invierno: te ríes a carcajada limpia —gracias, Teresa—, te emocionas, te dejas llevar por la magia, te hierve la sangre y te vuelves más independiente. Ojalá los Donald Trump del mundo leyeran estas cosas.

domingo, 15 de enero de 2017

HASTA SIEMPRE























Una biblioteca es una familia tan extraña y disfuncional como cualquier otra, sobre todo si está situada en un pequeño barrio como Carolinas. Allí me ha llevado el vicio de leer durante más años que los que escribo. En tanto tiempo, como no soy una ameba, he entablado amistad con las sacerdotisas de ese templo pagano y con algún que otro sacerdote.

No me arrepiento, aunque ahora duela. Una de esas amigas se ha ido a poco de iniciarse el año, cuando aún brindábamos con champán por una nueva oportunidad de ser felices.

Era la nueva. Venía a sustituir a unos bibliotecarios estupendos con los que incluso tomaba café de vez en cuando. Los trasladaban como si fuesen curas. Estaba un poco nervioso, la verdad. María Luisa y yo encajamos bastante bien desde el primer momento. Con el paso de los meses, hasta llegué a olvidar a los anteriores. Entonces no había whatsapp.

Me prestó varios libros personales, pero ninguno como El libro del cementerio de Neil Gaiman. Cuenta la historia de un niño cuyos padres mueren a manos de un despiadado asesino. El crío huye al cementerio, donde recibe la protección de los difuntos. Después de esta novela al más puro estilo romántico, buceé en otras obras del autor. Hoy en día es uno de mis escritores favoritos.

Me presentó a Esther Planelles en una reunión de escritores noveles si no me falla demasiado la memoria. Creo que estaba orgullosa de conocer a tantos juntaletras, entre cuentistas y poetas. Nadie podía imaginar por aquel entonces que ese par de chalados acabarían escribiendo un libro juntos. María Luisa leyó el primer borrador de Pelusillas en el ombligo y, aún no me explico cómo, sobrevivió.

Elena y Bienvenido volvieron, una para quedarse y el otro de visita. La nueva empezó a faltar cada vez con más frecuencia. Elena daba noticias con una lealtad más propia de una amiga que de una compañera de trabajo.

Entre la luz y la sombra del vasto océano, salió a la superficie para coger aire en varias ocasiones. Entonces creímos que había regresado, pero se estaba zambullendo entre las corrientes bailarinas.

Santa Claus no se la devolvió a Angelita, un personaje de cierto cuento navideño que no tenía a nadie más. Sin embargo, le hizo un regalo: la suerte de haberla desconocido. Hasta siempre, amiga.

domingo, 8 de enero de 2017

miércoles, 21 de diciembre de 2016

DESIDERATA


      
     Querido Santa Claus:

     Me llamo Angelita García. Tengo 69 años, soy de Alicante y estoy viuda desde hace una década.
     Verá, yo no creía en usted hasta que empezaron con todo eso del Halloween. Antes, cuando era niña, yo soñaba con los Reyes Magos. Luego me enteré de que detrás del asunto estaban los padres y me pillé un cabreo de muy señor mío. Recuerdo que estuve sin hablarles una semana, como se lo cuento. De joven, mis ilusiones estaban puestas en mi marido. Se llamaba Ventura, pero no tuvo suerte. Se lo llevó una enfermedad tan larga que cuando falleció me alegré, mire lo que le digo. Y después del funeral fui al bingo a gastarme los cuartos en las máquinas tragaperras, pero ni siquiera estas me devolvieron otra cosa que calderilla. Al menos, disfruté de lo escandalizadas que estaban las comadres del barrio, cuyos maridos se quedan sordos por no oírlas. A día de hoy, creo en el presente. Y como la juventud bebe los vientos por lo americano, se me ha ocurrido que podría escribirle a usted.
     No quiero pedirle nada para mí. Tengo una aceptable pensión, una salud repleta de achaques y un nieto que, de uvas a peras, viene a regalarme un maravilloso dolor de cabeza.
     Yo sé que usted no hace milagros, sino más bien lleva la ilusión a los más pequeños. Reconozca que los adultos somos niños que esperan algo en el fondo de unos trajes demasiado grandes, quizá recuperar la inocencia sin perder esa sana picardía.
     Pues bien, no me tome por loca si le pido que mi bibliotecaria vuelva pronto. No sé qué libro elegir si ella no me recomienda alguno, no tengo con quién hablar de lo pedante que resulta tal autor, no duermo pensando en el tipo agrio que han traído de repuesto. Unos dicen que le ha tocado la lotería y tiene barra libre en Cancún. Otros aseguran que, dado el precio de la vivienda, se ha instalado en una cueva en la Serra Grossa.
     Yo sé que tomará en consideración mi desiderata, estimado Santa Claus. Feliz Navidad.

# dedicado a María Luisa

jueves, 15 de diciembre de 2016

ANIVERSARIO






















Se cumple estos días exactamente un año de la publicación de Pelusillas en el ombligo (Lastura, 2015). Cuando miras un libro propio con la perspectiva del tiempo, te asalta la duda de si mereció la pena. Es evidente que se podrían haber escrito mejores historias, pero la perfección se me antoja imposible a la par que aburridísima.
            
Siempre recordaré la cara de incredulidad de mis padres cuando les hablaba del libro. «No pueden haber cuentos tan cortos —se negaba a creer mi madre como santo Tomás—, déjame ver.»
            
Tal vez fue demasiado pretencioso aprovechar los microrrelatos de cierto concurso, sobre todo porque la mayoría no superaron la dura criba del juez. Sin embargo, queríamos dar una nueva oportunidad a algunos que nos parecieron injustamente menospreciados. Curiosamente, los más populares entre el público. Baste uno como ejemplo: «Soy la caña, dijo en la primera reunión de Alcohólicos Anónimos.»

¿Genialidad? ¿Disparate? Nunca lo sabremos. Si Podemos ha conseguido abrir una brecha en la política española, quizá no sea tan descabellado rebelarse contra los cánones establecidos, intentar por una vez algo que no suene a lo de siempre.


jueves, 8 de diciembre de 2016

EL GORDO




Suelen quedar los viernes a la salida de la fábrica. «¡Qué ganas de que me toque el Gordo!», dice Lidia mientras toma una cerveza acodada en la barra. Belén, apurando el café, se encoge de hombros. Marta pide un nuevo cubata y, mirando con picardía a las dos, replica: «Qué asco, por Dios, a mí que me toque uno delgado».


miércoles, 30 de noviembre de 2016

IGUALDAD


















Al pasar por la puerta de Mercadona, mi hija pide ir un momento al servicio. Espero en la calle. Sale con cara de alivio. Dice: «No entiendo por qué hay un baño para chicas y otro para chicos». Llueve en Alicante, algo tan raro que merece un titular en el periódico. Contesto que a mí también me parece una chorrada.

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